El niño, tumbado en el tejado, se imaginaba arrancándole una a una las plumas del cuerpo del pájaro posado sobre el cable eléctrico. Lo cogía fuerte con las manos y sentía las tensiones de sus músculos, la rapidez de su corazón. Le oía chillar. Y sus gritos, tapaban, o intentaban tapar los de su madre, los de su padre. No sabía que áquello estaba mal, porque al fin compartía algo: el dolor.
Aunque fuesen en direcciones contrarias. Él hacia adentro, el pájaro, hacia afuera.