-

Espero que un día, cuando estés sumida en un estado vegetaloide, te venga, así como si nada, como si de un olor se tratase, el recuerdo del trocito de lana roja que yo ataba a una barra del balcón el fatídico día en que marchabas todo el verano a Galicia. Y es que yo no tenía muchas compañeras que tuvieran barbies que hicieran cosas tan divertidas, como las tuyas. Que fueran negras, inteligentes, independientes, guapas, con pasta y elegantes, y que encima no les importáse realizar su función teatral en medio de la calle. Tampoco tenía otra amiga que tuviera miles de cables de colores, ni un gusto tan guay como el mío para combinar pulseras trenzadas de lana, y  dotarles de un valor adquisitivo que los vecinos no podían solventar. El gas de la risa de debajo de mi cama no funcionaba con otras personas, y solamente contigo me reia jugando a burro.  Eras la niña superheroina  que un día se comió once tostaricas seguidas, que se sabía el abecedario antes de darlo, que sabía dibujar mickys paso por paso y que sabía todo aquello que ocurria más allá de la vida  y la muerte, todo sin aceptar su presunción. Tú me enseñaste a ir en bici y yo a patinar, aunque lo último es menos recordado. Y lo cierto, es  que debo confesar, que sí, me copiaba de lo que querías ser de mayor, porque yo lo que quería  era trabajar contigo. Si me lo pasaba tan bien siendo Nieves la farmaceutica, trabajar no sería tan aburrido como lo pintan los mayores. Íbamos a ser grandes y felices.  Miles de horas en miles de juegos en miles de escenarios en miles de días diferentes, pero todos guardados en una caja de cartón con una sonrisa pintada en rotulador.  Me gustaría poder escribir todos, los días de playa, de colegio, las tardes en inglés, las idas y venidas en el coche de tu madre, las tardes en mi casa, en la tuya, en la calle, en el pueblo, los intentos fallidos de pernoctar en mi casa etc... pero creo que ocuparía 21 años de mi vida.  Así que solo espero, que alguna vez te acuerdes del trocito de lana, y sonrías.

.