No, no lo hice bien cuando llegué a Londres. Tendría que haber esperado a las cinco de la tarde para colarme en un verde y despejado jardín inglés residencial a tomar el té en una tacita de porcelana levantando el meñique mientras me atiborro de pastas. Pero cuando vaya a París lo voy a hacer mejor, voy a pintar un lienzo en un puente al atardecer con una boina en la cabeza, un suéter a rayas banquinegras y un puro en los labios. También quiero ir a México a dormir la siesta bajo un gorro tres talla cabeciles más grandes que yo, bajo la sombra del cactus y bajo un sol abrasador. Quiero ir Hawái a bailar con un bikini de flores y un pareo de hilos en la orilla del mar. Y por supuesto, lo primero que voy a hacer cuando aterrice en Escocia es correr a algún monte a bailar con el viento al son de una gaita borrachísima de whisky. No te preocupes, escaparé de los laberintos subterráneos con momias observadoras de las pirámides de Egipto para que el vodka derrita la nieve de Rusia y me caliente las orejas rojas como su gobierno, bajo un gorro negro de zorro. Y me bañaré en el mediterráneo, mientras dibujo eses con mis brazos y la sal se me queda pegada a la piel.